Los fantasmas de alborada / Ruelas
Aguascalientes, abril 01 (2026).-La política mexicana del presente puede leerse como un campo donde los discursos públicos no solo administran gobierno, sino producen sentido, moralidad y subjetividad colectiva. “Revisemos los signos”, como dijera el Dr. Sergio García Ramírez.
Buena parte del discurso político actual se articula en torno a una oposición moral fuerte entre pueblo y adversarios. La legitimidad no descansa únicamente en resultados institucionales, sino en una narrativa donde unos representan la pureza histórica y otros encarnan corrupción, los privilegios, la decadencia de los conservadores. ¿Qué fuerzas vitales produce esta moralización? Cuando la política se organiza desde categorías morales absolutas, aparece el riesgo de que el adversario deje de ser interlocutor y se convierta en figura moralmente descalificada. Allí emerge una forma de resentimiento político: la memoria histórica legítima se ha trasformado en una energía de exclusión simbólica, el dicho de Andrés: “La derecha al basurero de la historia.”
La narrativa política actual expresa una fuerte crítica al viejo orden neoliberal y a la concentración de privilegios. Sin embargo, el análisis material pregunta si la transformación discursiva ha modificado de fondo las estructuras productivas, fiscales, laborales y de acumulación. Hay redistribución de recursos vía programas sociales y una débil recuperación del papel estatal, subsisten dependencias profundas: mercado internacional, concentración económica regional, fragilidad institucional de cadenas productivas y persistencia de desigualdad territorial. Desde el discurso del oficialismo, sístole y diástole de la izquierda mexicana, el conflicto central es si la narrativa emancipadora logra alterar relaciones estructurales o si permanece en un nivel predominantemente distributivo.
El lenguaje político simplifica el mundo en fórmulas repetidas: pueblo, transformación, corrupción, conservadurismo, soberanía… Cuando una palabra se vuelve centro absoluto de interpretación, el riesgo estriba en la construcción narrativa de realidades inventadas a las necesidades para la enajenación popular, dicho de otra manera, descafeínan la complejidad del mundo real y lo sustituyen por uno paralelo muy maquillado. El problema no es el concepto en sí, sino cuando el lenguaje deja de abrir preguntas y se convierte en fórmula cerrada. En términos heideggerianos, puede aparecer un empobrecimiento del pensar, donde, lo padecemos, el decir político sustituye la experiencia crítica de la realidad.
Hagamos un análisis con dimensión más fina: ¿cómo la política produce hábitos cotidianos de percepción? La conferencia matutina del pueblo, por ejemplo, no solo informa: organiza agenda, enjuicia: condena, perdona, basurea, define jerarquías de relevancia, clasifica actores y distribuye legitimidades. Funciona como dispositivo pedagógico de poder, donde diariamente se forma una interpretación autorizada de lo público. No se trata simplemente de propaganda, sino de un mecanismo regular de producción de verdad política. Quien controla la narrativa cotidiana controla buena parte del campo simbólico. La transformación de un derecho ciudadano de revocación de mandato en una legitimación discursiva y mediática de ratificación, con propaganda y publicidad de quién gobierna, era un contrasentido que sus mismos aliados corrigieron.
Poder, verdad y legitimidad en México. La convergencia de estos cuatro enfoques muestra que la política mexicana actual combina: moralización del conflicto; reconfiguración distributiva con límites estructurales; lenguaje de alta condensación mitológica; dispositivos permanentes de producción de verdad pública.
El desafío democrático aparece cuando la legitimidad carismática o narrativa rebasa el espacio institucional: una democracia madura requiere que la crítica no sea absorbida por la lógica “camarada-enemigo” y que la pluralidad no sea tratada como anomalía moral.
La pregunta central no es solo quién gobierna, sino qué tipo de ciudadano produce ese modo de gobernar: uno deliberativo, crítico y plural, o uno alineado con una política previamente definida y una narrativa que tiene su veracidad solo en los discursos. Que desde sus trincheras sobre ponderan al movimiento y subsumen al Estado. Las instituciones son la única verdadera herencia del pueblo, al deteriorarlas pierden el sentido que la Constitución ordena. El pueblo bueno pierde todo, pues a nombre del pueblo con obsequias de bienestar le menoscaban salud, educación, desarrollo, seguridad pública, empleo…
Los fantasmas tempraneros son mecanismos de colonización del espacio público. Representan una desviación grave del ideal democrático, porque sustituyen el entendimiento por la polarización, la razón por la emoción y la deliberación por la estrategia. La democracia no se sostiene solo con votos, sino con palabras que buscan verdad, rectitud y entendimiento. Los fantasmas han sido construidos como amenazas para legitimar poder, sustituyenla discusión racional por narrativas moralizantes, cumplen una función: los unifican, desplazan la atención de problemas estructurales, devastan a la oposición, crean un marco moral e ilocucionario donde el gobierno es eldefensor del pueblo.
Ante la distorsión sistemática del discurso público, ¿qué hacemos con los fantasmas?: rumbo al 2027 desactivemos la eficacia alegórica del antagonismo mediante crítica racional; exijamos razones, no relatos épicos; reclamemos espacios deliberativos plurales, reconstruyamos una esfera pública basada en argumentos. La democracia deliberativa no elimina el conflicto, pero lo civiliza mediante reglas discursivas.